viernes, 28 de agosto de 2015

Chesús Yuste: Regreso a Innisfree y otros relatos irlandeses









Chesús Yuste, editor del blog dedicado a Irlanda Innisfree1916, acaba de lanzar su segundo libro, “Regreso a Innisfree y otros relatos irlandeses” (Xordica Editorial, 2015). Son diez relatos con el sentido del humor irlandés como hilo conductor, que saltan de un género a otro y de un siglo a otro, pero siempre en Irlanda, desde la Tara de los druidas al Dublín del Tigre celta, pasando por la rebelión de 1916 o el conflicto del norte de Irlanda de los setenta.
Tal como dice la contraportada: «Un mensajero del Levantamiento de Pascua empapado en whiskey, la misteriosa identidad de la más importante autora de novela erótica, el inesperado encuentro en una funeraria de Belfast en los años del plomo, una noche loca de chicas en Temple Bar, un grupo de turistas que visita los acantilados de Moher buscando el origen de su pasión por Irlanda, un escándalo político en pleno milagro económico del Tigre Celta, el druida que soñaba con salvar Tara, el viaje de una enigmática neoyorquina buscando sus raíces en Ballydungael… Regreso a Innisfree y otros relatos irlandeses es un magnífico volumen compuesto por diez cuentos llenos de secretos y sorpresas donde el autor nos sumerge en la vida cotidiana de los pueblos y ciudades de la Irlanda eterna.
Sobre un tenue fondo dibujado por la lluvia, el alcohol y la melancolía, Chesús Yuste ofrece una mirada caleidoscópica de Irlanda en la que deja traslucir los sueños, conflictos y tradiciones de un gran país.
Regreso a Innisfree y otros relatos irlandeses, con su prosa llena de humor y limpia de artificio, emociona a todo aquel que ya se siente atrapado por la magia de Irlanda, e invita a quien no la conoce a dejarse seducir por sus amables tierras y gentes.»

Precisamente una de las historias titulada “El síndrome de Oisín” pretende explicar por qué amamos Irlanda. Para ello el autor se inventa una enfermedad muy saludable a caballo entre el síndrome de Stendhal y la leyenda de Oisín y el país de la eterna juventud. Pero el relato empieza ante la maravillosa visión de los acantilados de Moher. Así comienza:



Lentamente el mundo se desnudó para mí. Las nubes parecían retenidas como en una acuarela. Las salpicaduras blancas del oleaje se habían congelado por un instante. El tiempo se había detenido y en mi pecho no encontraba el aire para continuar adelante. Segundos de eternidad cuando me asomé al fin del mundo. Nunca había visto tanta belleza. Hasta que el frío viento del Atlántico me sacudió, echándome un paso atrás. Apenas alcanzaba a ver por completo ese inmenso horizonte que quería retener para siempre. El azul del cielo se mezclaba con el azul del mar, salpicado con la espuma de las olas que se lanzaban suicidas contra los peñascos que jalonaban las proximidades de la costa. A mis pies, a doscientos metros, el océano golpeaba una y otra vez la pared moldeada por las olas a lo largo de los siglos. A pesar de haber admirado ese paisaje tantas veces en fotografías, durante tantos años buscándolo en libros o en internet, la visión real resultaba aún más sorprendente. Un paisaje increíble, el más hermoso que había visto. Los acantilados de Moher.
A unos centímetros del abismo, azotada por el aire atlántico, me sentí viva, más viva que nunca. Sola en la inmensidad del planeta, aunque centenares de turistas peregrinaban alrededor disfrutando de aquella maravilla. Pero su bullicio parecía llevar sordina. Sólo escuchaba el bramar del agitado oleaje. Entonces empecé a llorar. El aire, que me habría molestado en los ojos, me engañé, supongo. Unos preciosos ojos de un azul verdoso, aunque esté mal que yo lo diga. Ojos irlandeses, solía decir. Así me falta menos para ser de allí, bromeaba con los amigos que conocían mi querencia por ese país en el que jamás había puesto los pies.
Este era mi primer viaje a Irlanda. Y estaba superando lo que había imaginado durante tanto tiempo, por exagerado que fuera. Tanta belleza me estaba dejando hechizada, repetía una y otra vez a mi familia y amigos cuando les telefoneaba al final de cada jornada.




miércoles, 12 de agosto de 2015

Oscar Wilde: El Príncipe Felíz







En la parte más alta de la ciudad, sobre una columna, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz.

Estaba toda cubierta de capas de oro fino. Tenía, en vez  de ojos, dos brillantes zafiros y un gran rubí rojo relucía en el puño de su espada.

Todo el mundo la admiraba.

-Es tan hermoso como una veleta -observó uno de los miembros del Concejo que deseaba obtener fama de conocedor en el arte-. Aunque no es tan útil -añadió, temiendo que le tomaran por un hombre poco práctico.

Y realmente no lo era.

-¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? -preguntaba una madre cariñosa a su hijito, que pedía la luna-. El Príncipe Feliz no hubiera pensado nunca en pedir nada a gritos.

-Me alegra ver que hay en el mundo alguien que es completamente feliz -murmuraba un hombre desilusionado contemplando la estatua maravillosa.

-Verdaderamente parece un ángel -decían los niños del hospicio al salir de la catedral, vestidos con sus capas escarlata y sus limpios delantales blancos.

-¿Cómo lo saben- preguntó el profesor de matemáticas- si jamás han visto uno?

-¡Oh! Los hemos visto en sueños -respondieron los niños.

Y el profesor de matemáticas fruncía las cejas, adoptando un severo aspecto, porque no podía aprobar que unos niños se permitiesen soñar.

Una noche voló una golondrina sin descanso hacia la ciudad.

Seis semanas antes habían partido sus amigas para Egipto; pero ella se quedó atrás.

Estaba enamorada del más hermoso de los juncos. Lo encontró al comienzo de la primavera, cuando volaba sobre el río persiguiendo a una gran mariposa amarilla, y su talle esbelto la atrajo de tal modo, que se detuvo para hablarle.

-¿Quieres que te ame? -dijo la Golondrina, que no se andaba nunca con rodeos.

Y el Junco le hizo un profundo saludo.

Entonces la Golondrina revoloteó a su alrededor rozando el agua con sus alas y trazando estelas de plata.

Era su manera de hacer la corte. Y así transcurrió todo el verano.

-Es un enamoramiento ridículo -gorjeaban las otras golondrinas-. Ese Junco es un pobretón y tiene realmente demasiada familia.

Y en efecto, el río estaba todo cubierto de juncos.

Cuando llegó el otoño, todas las golondrinas emprendieron el vuelo.

Una vez que se fueron sus amigas, se sintió muy sola y empezó a cansarse de su amante.

-No sabe hablar -decía ella-. Y además temo que sea inconstante porque coquetea sin cesar con la brisa.

Y realmente, cuantas veces soplaba la brisa, el Junco multiplicaba sus más graciosas reverencias.

-Veo que es muy casero -murmuraba la Golondrina-. A mí me gustan los viajes. Por lo tanto, al que me ame, le debe gustar viajar conmigo.

-¿Quieres seguirme? -preguntó por último la Golondrina al Junco.

Pero el Junco movió la cabeza. Estaba demasiado atado a su hogar.

-¡Te has burlado de mí! -le gritó la Golondrina-. Me marcho a las Pirámides. ¡Adiós!

Y la Golondrina se fue.

Voló durante todo el día y al caer la noche llegó a la ciudad.

-¿Dónde buscaré un abrigo? -se dijo-. Supongo que la ciudad habrá hecho preparativos para recibirme.

Entonces divisó la estatua sobre la columna.

-Voy a cobijarme allí -gritó- El sitio es bonito. Hay mucho aire fresco.

Y se dejó caer precisamente entre los pies del Príncipe Feliz.

-Tengo una habitación dorada -se dijo quedamente, después de mirar en torno suyo.

Y se dispuso a dormir.

Pero al ir a colocar su cabeza bajo el ala,  le cayó encima una pesada gota de agua.

-¡Qué curioso! -exclamó-. No hay una sola nube en el cielo, las estrellas están claras y brillantes, ¡y sin embargo llueve! El clima del norte de Europa es verdaderamente extraño. Al Junco le gustaba la lluvia; pero en él era puro egoísmo.

Entonces cayó una nueva gota.

-¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia? -dijo la Golondrina-. Voy a buscar una buena chimenea.

Y se dispuso a volar más lejos. Pero antes de que abriese las alas, cayó una tercera gota.

La Golondrina miró hacia arriba y vio... ¡Ah, lo que vio!

Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas, que corrían sobre sus mejillas de oro.

Su rostro era tan bello a la luz de la luna, que la Golondrina se apiadó de él.

-¿Quién eres? -dijo.

-Soy el Príncipe Feliz.

-Entonces, ¿por qué lloras de este modo? -preguntó la Golondrina-. Me has empapado casi.

-Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre -repitió la estatua-, no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era hermosísimo. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placer es la felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar.

«¡Cómo! ¿No es de oro de buena ley?», pensó la Golondrina para sus adentros, porque estaba demasiado bien educada para hacer una observación en voz alta sobre las personas.

-Allí abajo -continuó la estatua con su voz baja y musical-, allí abajo, en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta y por ella puedo ver a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la aguja, porque es costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor de la Reina. Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora. Golondrina, Golondrinita, ¿no quieres llevarle el rubí del puño de mi espada? Mis pies están sujetos al pedestal, y no me puedo mover.

-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mis amigas revolotean de aquí para allá sobre el Nilo y charlan con los grandes lotos. Pronto irán a dormir al sepulcro del Gran Rey. El mismo Rey está allí en su caja de madera, envuelto en una tela amarilla y embalsamado con sustancias aromáticas. Tiene una cadena de jade verde pálido alrededor del cuello y sus manos son como unas hojas secas.

-Golondrina, Golondrina, Golondrinita - dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás conmigo una noche y serás mi mensajera? ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!

-No creo que me agraden los niños -contestó la Golondrina-. El invierno último, cuando vivía yo a orillas del río, dos muchachos mal educados, los hijos del molinero, siempre me tiraban piedras. Claro que jamás me alcanzaban. Nosotras las golondrinas volamos muy bien y además yo pertenezco a una familia célebre por su agilidad; pero, aún así, era una falta de respeto.

Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste que la Golondrina se quedó apenada.

-Mucho frío hace aquí -le dijo-; pero me quedaré una noche contigo y seré tu mensajera.

-Gracias, Golondrinita -respondió el Príncipe.

Entonces la Golondrina arrancó el gran rubí de la espada del Príncipe y, llevándolo en el pico, voló sobre los tejados de la ciudad.

Pasó sobre la torre de la catedral, donde había unos ángeles esculpidos en mármol blanco.

Pasó sobre el palacio real y oyó la música de baile.

Una bella muchacha apareció en el balcón con su novio.

-¡Qué hermosas son las estrellas -la dijo- y qué poderosa es la fuerza del amor!

-Querría que mi vestido estuviese acabado para el baile oficial -respondió ella-. He mandado bordar en él unas pasionarias ¡pero son tan perezosas las costureras!

Pasó sobre el río y vio los fanales colgados en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el gueto y vio a los judíos viejos negociando entre ellos y pesando monedas en balanzas de cobre.

Al fin llegó a la pobre vivienda y echó un vistazo dentro. El niño se agitaba febrilmente en su camita y su madre se quedado dormida de cansancio.

La Golondrina saltó a la habitación y puso el gran rubí en la mesa, sobre el dedal de la costurera. Luego revoloteó suavemente alrededor del lecho, abanicando con sus alas la cara del niño.

-¡Qué fresco más dulce siento! -murmuró el niño-. Debo estar mejor.

Y cayó en un delicioso sueño.

Entonces la Golondrina se dirigió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.

-Es curioso -observa ella-, pero ahora casi siento calor, y sin embargo, hace mucho frío.

Y la Golondrina empezó a reflexionar y luego se durmió. Cuando se ponía a pensar se dormía.

Al despuntar el alba voló hacia el río y tomó un baño.

-¡Notable fenómeno! -exclamó el profesor de ornitología que pasaba por el puente-. ¡Una golondrina en invierno!

Y escribió sobre aquel tema una larga carta a un periódico local.

Todo el mundo la citó. ¡Estaba plagada de palabras que no se podían comprender!...

-Esta noche parto para Egipto -se decía la Golondrina.

Y sólo de pensarlo se ponía muy alegre.

Visitó todos los monumentos públicos y descansó un gran rato sobre la punta del campanario de la iglesia.

Por todas parte adonde iba piaban los gorriones, diciéndose unos a otros:

-¡Qué extranjera más distinguida!

Y esto la llenaba de gozo. Al salir la luna volvió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz.

-¿Tienes algún encargo para Egipto? -le gritó-. Voy a emprender la marcha.

-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás otra noche conmigo?

-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mañana mis amigas volarán hacia la segunda catarata. Allí el hipopótamo se acuesta entre los juncos y el dios Memnón se alza sobre un gran trono de granito. Acecha a las estrellas durante la noche y cuando brilla Venus, lanza un grito de alegría y luego calla. A mediodía, los rojizos leones bajan a beber a la orilla del río. Sus ojos son verdes aguamarinas y sus rugidos más atronadores que los rugidos de la catarata.

-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa cubierta de papeles y en un vaso a su lado hay un ramo de violetas marchitas. Su cabello es negro y ondulado y sus labios rojos como una granada. Tiene unos grandes ojos soñadores. Se esfuerza en terminar una obra para el director del teatro, pero siente demasiado frío para escribir más. No hay fuego ninguno en el aposento y el hambre le ha rendido.

-Me quedaré otra noche contigo -dijo la Golondrina, que tenía realmente buen corazón-. ¿Debo llevarle otro rubí?

-¡Ay! No tengo más rubíes -dijo el Príncipe-. Mis ojos es lo único que me queda. Son unos zafiros extraordinarios traídos de la India hace un millar de años. Arranca uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, se comprará alimento y combustible y concluirá su obra.

-Amado Príncipe -dijo la Golondrina-, no puedo hacer eso.

Y se puso a llorar.

-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te pido.

Entonces la Golondrina arrancó el ojo del Príncipe y voló hacia la buhardilla del estudiante. Era fácil penetrar en ella porque había un agujero en el techo. La Golondrina entró por él como una flecha y se encontró en la habitación.

El joven tenía la cabeza hundida en las manos. No oyó el aleteo del pájaro y cuando levantó la cabeza, vio el hermoso zafiro colocado sobre las violetas marchitas.

-Empiezo a ser estimado -exclamó-. Esto proviene de algún rico admirador. Ahora ya puedo terminar la obra.

Y parecía completamente feliz.

Al día siguiente la Golondrina voló hacia el puerto.

Descansó sobre el mástil de un gran navío y contempló a los marineros que sacaban enormes cajas de la cala tirando de unos cabos.

-¡Ah, iza! -gritaban a cada caja que llegaba al puente.

-¡Me voy a Egipto! -les gritó la Golondrina.

Pero nadie le hizo caso, y al salir la luna, volvió hacia el Príncipe Feliz.

-He venido para decirte adiós -le dijo.

-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -exclamó el Príncipe-. ¿No te quedarás conmigo una noche más?

-Es invierno -replicó la Golondrina- y pronto estará aquí la nieve glacial. En Egipto calienta el sol sobre las palmeras verdes. Los cocodrilos, acostados en el barro, miran perezosamente a los árboles, a orillas del río. Mis compañeras construyen nidos en el templo de Baalbeck. Las palomas rosadas y blancas las siguen con los ojos y se arrullan. Amado Príncipe, tengo que dejarte, pero no te olvidaré nunca y la primavera próxima te traeré de allá dos bellas piedras preciosas con que sustituir las que diste. El rubí será más rojo que una rosa roja y el zafiro será tan azul como el océano.

-Allá abajo, en la plazoleta -contestó el Príncipe Feliz-, tiene su puesto una niña vendedora de cerillas. Se le han caído las cerillas al arroyo, estropeándose todas. Su padre le pegará si no lleva algún dinero a casa, y está llorando. No tiene ni medias ni zapatos y lleva la cabecita al descubierto. Arráncame el otro ojo, dáselo y su padre no le pegará.

-Pasaré otra noche con vos -dijo la Golondrina-, pero no puedo arrancarte el ojo porque entonces  quedarías ciego.

-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te mando.

Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe y emprendió el vuelo llevándoselo.

Se posó sobre el hombro de la pequeña vendedora de cerillas y deslizó la joya en la palma de su mano.

-¡Qué bonito pedazo de cristal! -exclamó la niña, y corrió a su casa muy alegre.

Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe.

- Ahora estás ciego. Por eso me quedaré con vos para siempre.

-No, Golondrinita -dijo el pobre Príncipe-. Tienes que ir a Egipto.

-Me quedaré con vos para siempre -dijo la Golondrina.

Y se durmió entre los pies del Príncipe. Al día siguiente se colocó sobre el hombro del Príncipe y le refirió lo que habla visto en países extraños.

Le habló de los ibis rojos que se sitúan en largas filas a orillas del Nilo y pescan a picotazos peces de oro; de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, vive en el desierto y lo sabe todo; de los mercaderes que caminan lentamente junto a sus camellos, pasando las cuentas de unos rosarios de ámbar en sus manos; del rey de las montañas de la Luna, que es negro como el ébano y que adora un gran bloque de cristal; de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y a la cual están encargados de alimentar con pastelitos de miel veinte sacerdotes; y de los pigmeos que navegan por un gran lago sobre anchas hojas aplastadas y están siempre en guerra con las mariposas.

-Querida Golondrinita -dijo el Príncipe-, me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso aún es lo que soportan los hombres y las mujeres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela por mi ciudad, Golondrinita, y dime lo que veas.

Entonces la Golondrina voló por la gran ciudad y vio a los ricos que  festejaban en sus magníficos palacios, mientras los mendigos estaban sentados a sus puertas.

Voló por los barrios sombríos y vio las pálidas caras de los niños que se morían de hambre, mirando con apatía las calles negras.

Bajo los arcos de un puente estaban acostados dos niñitos abrazados uno a otro para calentarse.

-¡Qué hambre tenemos! -decían.

-¡No se puede estar tumbado aquí! -les gritó un guardia.

Y se alejaron bajo la lluvia.

Entonces la Golondrina reanudó su vuelo y fue a contar al Príncipe lo que había visto.

-Estoy cubierto de oro fino -dijo el Príncipe-; despréndelo hoja por hoja y dáselo a mis pobres. Los hombres creen siempre que el oro puede hacerlos felices.

Hoja por hoja arrancó la Golondrina el oro fino hasta que el Príncipe Feliz se quedó sin brillo ni belleza.

Hoja por hoja lo distribuyó entre los pobres, y las caritas de los niños se tornaron nuevamente sonrosadas y rieron y jugaron por la calle.

-¡Ya tenemos pan! -gritaban.

Entonces llegó la nieve y después de la nieve el hielo.

Las calles parecían empedradas de plata por lo que brillaban y relucían.

Largos carámbanos, semejantes a puñales de cristal, pendían de los tejados de las casas. Todo el mundo se cubría de pieles y los niños llevaban gorritos rojos y patinaban sobre el hielo.

La pobre Golondrina tenía frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe: le amaba demasiado para hacerlo.

Picoteaba las migas a la puerta del panadero cuando éste no la veía, e intentaba calentarse batiendo las alas.

Pero, al fin, sintió que iba a morir. No tuvo fuerzas más que para volar una vez más sobre el hombro del Príncipe.

-¡Adiós, amado Príncipe! -murmuró-. Permitime que te bese la mano.

-Me da mucha alegría que partas por fin para Egipto, Golondrina -dijo el Príncipe-. Has permanecido aquí demasiado tiempo. Pero tienes que besarme en los labios porque te amo.

-No es a Egipto adonde voy a ir -dijo la Golondrina-. Voy a ir a la morada de la Muerte. La Muerte es hermana del Sueño, ¿verdad?

Y besando al Príncipe Feliz en los labios, cayó muerta a sus pies.

En el mismo instante sonó un extraño crujido en el interior de la estatua, como si se hubiera roto algo.

La coraza de plomo se habla partido en dos. Realmente hacia un frío terrible.

A la mañana siguiente, muy temprano, el alcalde se paseaba por la plazoleta con dos concejales de la ciudad.

Al pasar junto al pedestal, levantó sus ojos hacia la estatua.

-¡Dios mío! -exclamó-. ¡Qué andrajoso parece el Príncipe Feliz!

-¡Sí, está verdaderamente andrajoso! -dijeron los concejales de la ciudad, que eran siempre de la opinión del alcalde.

Y levantaron ellos mismos la cabeza para mirar la estatua.

-El rubí de su espada se ha caído y ya no tiene ojos, ni es dorado -dijo el alcalde- parece un pordiosero.

-¡Parece un pordiosero! -repitieron a coro los concejales.

-Y tiene a sus pies un pájaro muerto -prosiguió el alcalde-. Realmente habrá que promulgar un decreto prohibiendo a los pájaros que mueran aquí.

Y el secretario del Ayuntamiento tomó nota de aquella idea.

Entonces fue derribada la estatua del Príncipe Feliz.

-¡Al no ser ya bello, de nada sirve! -dijo el profesor de estética de la Universidad.

Entonces fundieron la estatua en un horno y el alcalde reunió al Concejo en sesión para decidir lo que debía hacerse con el metal.

-Podríamos -propuso- hacer otra estatua. La mía, por ejemplo.

-O la mía -dijo cada uno de los concejales.

Y acabaron discutiendo.

-¡Qué cosa más rara! -dijo el oficial primero de la fundición-. Este corazón de plomo no quiere fundirse en el horno; habrá que tirarlo como desecho.

Los fundidores lo arrojaron al montón de basura en que yacía la golondrina muerta.

-Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad -dijo Dios a uno de sus ángeles.

Y el ángel se llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.

-Has elegido bien -dijo Dios-. En mi jardín del Paraíso este pájaro cantará eternamente, y en mi ciudad de oro el Príncipe Feliz repetirá mis alabanzas.


"The Happy Prince", 
The Happy Prince and Other Tales, 1888. Cuentos de Oscar Wilde, Editorial Norma, 1996




miércoles, 24 de junio de 2015

Un gran poeta irlandés: William Butler Yeats en el diario digital La República de Perú





Alonso Cueto





A lo largo de estas semanas, el nombre de William Butler Yeats aparece en grabaciones, artículos, homenajes y recitales en decenas de ciudades de Estados Unidos y Europa. Con ocasión de los ciento cincuenta años de su nacimiento, Irlanda, su tierra natal, ha impreso unos sellos y una moneda con su nombre.
Es una ocasión para que millones de personas en todo el mundo recuerden los magníficos poemas de Yeats, de cuño simbolista y música de vanguardia, que lo encumbraron como uno de los escritores modernos más importantes. En una ocasión, su esposa Georgie Hyde-Leeds afirmó: “Para él, cada día que vivía era una aventura nueva. Se despertaba cada mañana, seguro de que ese día iba a ocurrir algo que nunca antes había ocurrido”.
Hijo de un pintor vinculado a los prerrafaelistas, William Butler Yeats nació el 13 de junio de 1865 en Dublín, Irlanda. Muy niño, viaja con la familia a Londres, donde su padre espera lanzar su carrera como pintor.  Pronto descubre la poesía de Shelley, cuyo Prometeo Desencadenado le parece un libro sagrado. La otra gran pasión de su vida, el ocultismo y lo paranormal, lo lleva a unirse a “La Hermandad de la Aurora Boreal”.
Cuando tiene veinticuatro años, sufre una fulminación. Conoce a la bella, luminosa, extrovertida Maud Gonne, dieciocho meses menor que él. Maud se siente a gusto en su presencia pero no acepta a Yeats como novio: no participa con suficiente pasión de la causa política irlandesa y no quiere convertirse al catolicismo.
La primera vez que Yeats le propone matrimonio es en 1891. Desde entonces lo hará varias veces. Para su horror, en 1903 ella se casa con el líder revolucionario John MacBride. Él se consuela con la escritora y anfitriona Olivia Shakespear, cuya hija luego se casaría con Pound. Yeats, en su desesperación, algún día iba a declararle su amor a Iseult, la hija de su amada Maud. Es a Maud a quien finalmente le dedica sus versos: “Cuando seas vieja, gris y cansada / y cabeceando junto al fuego, tomes este libro…”
Yeats iba a seguir escribiendo, con enorme disciplina, investigando las tradiciones populares de Irlanda. En 1921, en el libro Michael Robartes and the Dancer, publica uno de los mejores poemas modernos, “La Segunda Venida” cuyo inicio citamos en versión de Marina Kohon: “Girando y girando en la espiral creciente / el halcón no puede oír al halconero / las cosas se quiebran; el centro no puede sostenerse; / sobre el mundo se suelta la anarquía absoluta.” La “ceremonia de la inocencia” y el anuncio de la “segunda venida” es una prefiguración del fin de los tiempos.
En este mundo sin un centro, Yeats mantuvo su pasión por Maud Gonne hasta que a los cincuenta y un años conoció a la joven Georgie Hyde-Leeds. El matrimonio fue feliz, a pesar de algunas infidelidades que Georgie tomó con distancia. En una ocasión, Yeats aclaró con toda seriedad que en toda relación sexual el alma permanece virgen.
Cuando recibió el Premio Nobel en 1923, lo hizo en nombre de la causa irlandesa. Murió en Francia en 1939, pero nueve años después, Sean McBride, canciller de Irlanda e hijo de Maud, dirigió el operativo que lo devolvió a su tierra natal, en Sligo. Fue su último reencuentro con ella.

Fuente: http://larepublica.pe/impresa/ocio-y-cultura/740-un-gran-poeta-irlandes
Edición Impresa del 17 de Mayo de 2015


domingo, 3 de mayo de 2015

The Boomtown Rats: I don't like Mondays









The Boomtown Rats es una banda irlandesa de new wave que cosechó una serie de éxitos en Irlanda y en el Reino Unido. El grupo es liderado por el vocalista Bob Geldof. Los demás miembros de la formación original eran Garry Roberts (guitarra principal), Johnnie Fingers (teclado), Pete Briquette (bajo),Gerry Cott (guitarra) y Simon Crowe (batería). The Boomtown Rats se separaron en 1986, pero volvieron a reunirse en 2013, sin Johnnie Fingers ni Gerry Cott.

No me gustan los lunes, no es una canción inocente sobre la pereza de tener que iniciar la semana.

En 1979 editaron "I Don't Like Mondays", canción escrita en respuesta al tiroteo llevado a cabo por Brenda Ann Spencer en una escuela de California, y que llegó al puesto n.º 1 en Inglaterra. Fue un éxito a nivel mundial, excepto en Estados Unidos ya que en dicho país las emisoras de radio no ponían el disco supuestamente debido a los temores ante posibles demandas y acusaciones de mal gusto. El presunto boicot fue noticia de primera plana en la revista Variety, (a la que le gustaba crear falsas polémicas con fines de venta), y fue la única vez que  The Boomtown Rats obtuvo una cobertura tan destacada. 


Lyrics:

I don't like Mondays


The silicon chip inside her head
Gets switched to overload.
And nobody's gonna go to school today,
She's going to make them stay at home.
And daddy doesn't understand it,
He always said she was as good as gold.
And he can see no reasons
'Cause there are no reasons
What reason do you need to be shown?

Tell me why?
I don't like Mondays.
Tell me why?
I don't like Mondays.
Tell me why?
I don't like Mondays.
I want to shoot
The whole day down.

The telex machine is kept so clean
As it types to a waiting world.
And mother feels so shocked,
Father's world is rocked,
And their thoughts turn to
Their own little girl.
Sweet 16 ain't so peachy keen,
No, it ain't so neat to admit defeat.
They can see no reasons
'Cause there are no reasons
What reason do you need?

Tell me why?
I don't like Mondays.
Tell me why?
I don't like Mondays.
Tell me why?
I don't like Mondays.
I want to shoot
The whole day down, down, down.
Shoot it all down

All the playing's stopped in the playground now
She wants to play with her toys a while.
And school's out early and soon we'll be learning
And the lesson today is how to die.
And then the bullhorn crackles,
And the captain crackles,
With the problems and the how's and why's.
And he can see no reasons
'Cause there are no reasons
What reason do you need to die?

The silicon chip inside her head
Gets switched to overload.
And nobody's gonna go to school today,
She's going to make them stay at home.
And daddy doesn't understand it,
He always said she was as good as gold.
And he can see no reasons
'Cause there are no reasons
What reason do you need to be shown?

Tell me why?
I don't like Mondays.
Tell me why?
I don't like Mondays.
Tell me why?
I don't like, I don't like
Tell me why?
I don't like Mondays.
Tell me why?
I don't like, I don't like
Tell me why?
I don't like Mondays.
Tell me why?
I don't like Mondays.
I wanna shoot,
The whole day down.



jueves, 23 de abril de 2015

Pádraig J. Daly: Ministros









Es a nosotros a quienes se quejan por sus fracasos;

cuando el dolor se prolonga toda la noche,
cuando la gente se reúne con impotencia alrededor de una cama,
cuando la angustia agota al corazón,
nos toca a nosotros soportar la ira.

Cuando el amor se acaba,
cuando los amigos se han ido,
cuando los mundos son escombro,
cuando los ojos no pueden alzarse para ver el sol,
la gente nos pide explicación; y nosotros estamos mudos.irme,

Cuando la furia en tu contra es un mar rabioso
somos las primeras rocas de la costa.


Poesía Irlandesa Contemporánea, Tierra Firme, 1999.
Versión: Gerardo Gambolini


Ministers

It is we who are kicked for your failures:

When pain lasts across the night,
When people gather helplessly around a bed,
When grief exhausts the heart,
It is we who must bear the anger.

When love fails,
When friends are gone,
When worlds are rubble,
When eyes cannot lift to see the sun,
People ask us to explain; and we are dumb.

When rage against you is a fierce sea
We are the first rocks on the shore.





jueves, 9 de abril de 2015

John Banville en la 41 Feria Internacional del Libro de Buenos Aires

John Banville es uno de los escritores de gran renombre que ha sido invitado a la 41 Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.







John Banville (Irlanda)

Escritor y periodista. Ha trabajado como editor de The Irish Times y es habitual colaborador de The New York Review of Books. Con El libro de las pruebas en 2014 fue finalista del Premio Booker, que obtuvo en 2005 con El mar, consagrada además por el Irish Book Award como mejor novela del año. Entre su obra destacan también El intocableLos infinitos y la Trilogía Cleave, ciclo de novelas que incluye Eclipse,Imposturas Antigua luz, uno de los mejores libros del año según la crítica. Bajo el seudónimo de Benjamin Black ha publicado El lémur y la serie de novelas negras protagonizada por el doctor Quirke El secreto de ChristineEl otro nombre de Laura, entre otros, y La rubia de ojos negros, en la que, por invitación de los herederos de Raymond Chandler, resucita al mítico detective Philip Marlowe. En 2011 recibió el prestigioso Premio Franz Kafka y en 2013 fue galardonado con el Premio Austriaco de Literatura Europea, y, en España, con el Premio Leteo y el Premio Liber. En 2014 le fue otorgado el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, por “su inteligente, honda y original creación novelesca” y por “su otro yo, Benjamin Black, autor de turbadoras y críticas novelas policiacas”.

http://www.el-libro.org.ar/internacional/culturales/invitados-internacionales.html

“Qué pequeño recipiente de tristeza somos, navegando en este apagado silencio a través de la oscuridad del otoño”.
de El Mar, que comienza así:

"Se marcharon, los dioses, el día de la extraña marea. Las aguas de la bahía, toda la mañana bajo un cielo lechoso, habían crecido y crecido, alcanzando alturas inusitadas, las pequeñas olas inundaban una arena reseca que durante años no había conocido otra humedad que la lluvia y lamían las mismísimas bases de las dunas. El casco oxidado del carguero que permanecía encallado en la otra punta de la bahía desde tiempo inmemorial debió de pensar que iban a volver a botarlo. Después de ese día yo no volvería a nadar. Las aves marinas gimoteaban y se lanzaban en picado, nerviosas, al parecer, ante el espectáculo de ese enorme cuenco de agua inflándose como una ampolla, de un azul plomizo y un brillo maligno. Tenían, aquel día, una blancura antinatural, los pájaros. Las olas depositaban una orla de sucia espuma amarilla en el límite de las aguas. Ningún barco estropeaba la línea del alto horizonte. No nadaría, no. Nunca más.
Alguien acababa de caminar sobre mi tumba*. Alguien."


John Banville, El Mar, Traducción Damián Alou, Anagrama 2005


jueves, 26 de marzo de 2015

Serie: Vikingos










Vikingos es una serie de televisión coproducida entre Canadá e Irlanda, creada por Michael Hirst (autor de la exitosa serie Los Tudor) para el canal de televisión The History Channel. El propio Hirst explica en varias entrevistas que el origen del proyecto se remonta muchos años atrás, cuando la MGM lo entrevistó para rodar algún remake de películas clásicas entre las que se encontraba Los vikingos, de Richard Fleischer. Además, Hirst había investigado sobre el personaje de Alfredo el Grande a raíz de leer un guión  que había suscitado su interés.
La serie destaca por la fidelidad histórica (fuentes documentadas), tecnológica (el uso del tablero de sombras y lasolarsteinn o piedra solar de luz polarizada para navegar en la niebla, el hecho de que el acero de las espadas de Northumbria sea mejor que el de las vikingas) e incluso antropológica (individualismo y democracia de la sociedad vikinga, el gran papel de la mujer, que podía también ser guerrera; la enorme libertad en el terreno sexual (el llamado matrimonio more danico); la gran religiosidad (tanto cristiana como pagana) y cultural (referencias a mitos y leyendas, sacrificios humanos, festivales religiosos, costumbres hospitalarias, tácticas e indumentaria militar, arquitectura de las casas, diseño de los objetos manufacturados, ritos funerarios, normas de duelos u ordalías, en que podían usarse hasta tres escudos...) de las situaciones que retrata. Al tratarse de una serie de History Channel, no oculta su voluntad didáctica con la cuidadosa reproducción de la religión, la sociedad y las costumbres vikingas.  

Los capítulos de la primera temporada se comenzaron a filmar en Julio del 2012 en los Estudios Ashford, en Irlanda, locación elegida por las ventajas impositivas. En agosto del 2012 se rodaron escenas en Luggala y en la Reserva de Poulaphouca, en el corazón de las montañas Wicklow. También se filmaron algunas escenas en el oeste de Noruega.
Johan Renck (Suecia), Ciarán Donnelly (Irlanda) y Ken Girotti (Canadá) dirigieron cada unos tres episodios de la primera temporada.

Aunque por el momento History Channel ha renovado la serie para una tercera temporada (que se está rodando en este momento), los planes de Hirst son más ambiciosos y ansía rodar hasta siete porque "Ragnar tuvo muchos hijos famosos que hicieron cosas increíbles".


lunes, 16 de marzo de 2015

National Geographic: Las mejores fotos del día de San Patricio alrededor del mundo







Desde búsquedas del tesoro a conciertos de gala de música tradicional y baile, el de Dublín quizás no sea el festival más grande pero ciertamente es de los más divertidos.











En Chicago, caminen hasta la intersección de Wacker Drive y Michigan Avenue para ver la magnificencia del gran río verde.











El desfile de San Patricio en Nueva York data de 1762, antes de que se fundara la ciudad.











Este evento Afro-Irlandés, se lleva a cabo en "La Isla Esmeralda del Caribe" (Montserrat) para conmemorar una revuelta para abolir la esclavitud que tuvo lugar el 17 de Marzo de 1768, el mismo día que se celebra la festividad de San Patricio.









Un mes antes del desfile, se iza una bandera irlandesa afuera del Place Ville Marie shopping mall para alertar sobre la celebración.









En Auckland, Nueva Zelanda, el desfile termina con Fleadh, una sesión de música en las puertas del pub irlandés Market Square, Viaduct Harbour.




Fuente: http://www.irishcentral.com/culture/travel/National-Geographics-top-picks-for-St-Patricks-Day-around-the-world.html








miércoles, 11 de marzo de 2015

Dylan Thomas: Veinticuatro Años











Veinticuatro años recuerdan las lágrimas de mis ojos
(Entierren a los muertos para que no caminen hacia la tumba 
como parturientas).
En la arista de la puerta natural me acurruqué como un sastre
cosiendo la mortaja para un viaje
bajo la luz de un sol devorador de carne.
Vestido para morir, el balanceo sensual comenzó,
las venas rojas llenas de dinero,
en dirección final de un pueblo elemental
avanzo mientras lo eterno exista.


Dylan Thomas, de Muertes y entradas (1946)

Versión: Marina Kohon



Twenty-four years remind the tears of my eyes.
(Bury the dead for fear that they walk to the grave in labour.)
In the groin of the natural doorway I crouched like a tailor
Sewing a shroud for a journey
By the light of the meat-eating sun.
Dressed to die, the sensual strut begun,
With my red veins full of money,
In the final direction of the elementary town
I advance as long as forever is. 





martes, 24 de febrero de 2015

Paula Meehan: Golondrinas y Sauces







Golondrinas y Sauces

Cuando me descubrió en el rincón
con el chico de cabello enrulado ojos verdes
él me amonestó. 

"Escribe algo, déjame ver,
un verso o un poema. Cualquier 
verso que elijas

pero más largo que una estrofa
cinco líneas al menos.
Cien veces".


              de El Carcelero (subrayado tres veces) 
                por Sylvia Plath

              Lo imaginé
              impotente como un trueno lejano
              de cuya sombra había comido mi ración fantasma.
              Lo deseaba muerto o lejos. 
              Eso, parece, es lo imposible.

            


Fuí prolija al principio, quizás
prolija hasta la décima vez, luego
un garabato redondo descendente.


A través de la ventana- golondrinas
y sauces y sol sobre el río,

"Quise decir un verso de un libro de texto"

Me senté en el borde de su clase
concentrada en los exámenes de verano
malhumorada, y solitaria, y cruel.



Paula Meehan, Dharmakaya (2002)

Versión: Marina Kohon


Swallows and Willows


When he caught me at the corner
with the curly headed green eyed boy
he brought me into detention.
‘Write out, let me see,
a verse of a poem. Any
verse of your choice,
but longer than a quatrain,
five lines at least.
A hundred times.’
      from The Jailer (underlined three times)
      by Sylvia Plath
I imagine him
Impotent as distant thunder,
In whose shadow I have eaten my ghost ration.
I wish him dead or away.
That, it seems, is the impossibility.
I was neat at first, maybe
neat to the tenth time, then
a looping downward scrawl.
Out the window — swallows
and willows and sun on the river,
‘I meant a verse from a set text.’
I sat at the edge of his class
right into summer exams
sulky, and lonely, and cruel.