miércoles, 8 de mayo de 2013

Jorge Luis Borges: Irlanda









Antiguas sombras generosas no quieren que yo perciba a Irlanda o
que agradablemente la perciba de un modo histórico. Esas sombras
se llaman el Erígena, para quien toda nuestra historia es un largo
sueño de Dios, que al fin volverá a Dios, doctrina que asimismo
declaran el drama Back to Methuselah y el famoso poema "Ce que
dit la Bouche d'Ombre" de Hugo; se llaman también George
Berkeley, que juzgó que Dios está minuciosamente soñándonos y
que si despertara de su sueño desaparecerían el cielo y la tierra,
como si despertara el Rey Rojo; se llaman Oscar Wilde, que de un
destino no sin infortunio y deshonra ha dejado una obra, que es feliz
e inocente como la mañana o el agua. Pienso en Wellington, que,
después de la jornada de Waterloo, sintió que una victoria no es
menos terrible que una derrota. Pienso en dos máximos poetas
barrocos, Yeats y Joyce, que usaron la prosa o el verso para un
mismo fin, la belleza. Pienso en George Moore, que en "Ave atque
Vale" creó un nuevo género literario, lo cual no importa, pero lo
hizo deliciosamente, lo cual es mucho. Esas vastas sombras se
interponen entre lo mucho que recuerdo y lo poco que pude percibir
en dos o tres días poblados, como todos, de circunstancias.
De todas ellas la más vívida es la Torre Redonda que no vi pero
que mis manos tantearon, donde monjes bienhechores salvaron para
nosotros en duros tiempos el griego y el latín, es decir, la cultura.
Para mí Irlanda es un país de gente esencialmente buena,
naturalmente cristiana, arrebatados por la curiosa pasión de ser
incesantemente irlandeses.
Caminé por las calles que reorrieron, y siguen recorriendo, todos
los habitantes de Ulysses.


Jorge Luis Borges
Atlas, 1984



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